Hablar de Tubby es hablar de una época en la que ciertas golosinas lograban convertirse en mucho más que un simple producto. Desde su aparición en Argentina durante la década de 1980, la marca consiguió ocupar un lugar especial en la memoria de varias generaciones.
El desarrollo estuvo a cargo de Bagley y tuvo como escenario su planta de Villa Mercedes, en la provincia de San Luis. Allí, bajo la conducción del ingeniero químico Francisco Bellotti, comenzó a tomar forma una propuesta que apostaba por una combinación muy particular: obleas, rellenos y chocolate en distintas capas, con una textura que buscaba diferenciarse de las alternativas que ya existían en el mercado.
Los primeros protagonistas fueron Tubby 3 y Tubby 4. Cada uno tenía una personalidad propia. El Tubby 3 incorporaba el sabor de la avellana, mientras que el Tubby 4 combinaba una crema de maní con notas de caramelo. La variedad de rellenos, sumada a la cobertura de chocolate semiamargo y al característico crocante de la oblea, terminó formando una identidad fácilmente reconocible.
Con el tiempo aparecieron nuevas versiones, entre ellas las recordadas Tubby 5 y Tubby 6. Detrás de aquella textura había también un importante trabajo de elaboración industrial. El proceso utilizaba un horno rotativo equipado con 56 moldes, diseñado para conseguir una cocción uniforme y ese resultado crujiente que quedó asociado al producto.
Sin embargo, la historia comercial de Tubby tuvo una primera etapa relativamente breve. La fabricación original llegó a su fin en 1994, después de la adquisición de Bagley por Danone. Pero la desaparición de las góndolas no significó que la marca desapareciera de la memoria de sus consumidores. Durante años, el recuerdo permaneció presente entre quienes habían crecido comprándolos en los kioscos.
Y si hubo un elemento que ayudó especialmente a convertir a Tubby en un fenómeno cultural, fue su publicidad. La campaña contó con un jingle compuesto por Rubén Goldín, cuya melodía y personaje quedaron fuertemente asociados a la marca. El anuncio no se limitaba a mostrar una golosina: construía un pequeño universo alrededor de ella y le otorgaba una identidad propia.
El comercial, conocido como “Ciudad soleada de Tubby” y producido por Hermida Publicidad, se destacó además por su propuesta audiovisual y narrativa. Su calidad fue reconocida internacionalmente cuando recibió un premio en el Festival de Nueva York, convirtiendo aquella campaña en una de las piezas publicitarias más recordadas de la época.
Décadas después, el vínculo con el público seguía intacto. Al acercarse el aniversario número 40 de su lanzamiento, la marca recuperó la idea de Tubby y presentó nuevamente el producto en un formato renovado. El regreso respondió, en buena medida, a una demanda que durante años había aparecido en conversaciones, recuerdos y publicaciones de antiguos consumidores.
Más que recuperar una golosina, aquel regreso significó recuperar una parte de la infancia para quienes la habían conocido originalmente. Porque algunos productos consiguen algo que va mucho más allá del sabor: quedan asociados a lugares, personas y momentos concretos. En el caso de Tubby, bastaba abrir un envoltorio para volver imaginariamente al kiosco del barrio, al recreo de la escuela o a esas tardes en las que unas pocas monedas podían convertirse en uno de los pequeños grandes placeres de la infancia.
