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Durante buena parte del siglo XX, la calle Lavalle fue uno de los grandes corredores cinematográficos de Buenos Aires. Entre salas de cine, comercios y movimiento constante, en 1962 abrió sus puertas Le Caravelle, un café de inspiración italiana ubicado en el 726 de esa calle, muy cerca de Maipú.
Más de seis décadas después, el establecimiento conserva buena parte de aquella atmósfera. Al ingresar, la sensación es la de encontrarse con un espacio detenido en otra época, donde los pequeños detalles contribuyen a mantener una identidad que sobrevivió a las transformaciones del centro porteño.
Uno de ellos está sobre una de las paredes del salón: cuatro relojes idénticos indican simultáneamente la hora de Buenos Aires, Roma, Madrid y Atenas. El conjunto, acompañado por una antigua publicidad de Lagorio, funciona como una suerte de homenaje al espíritu cosmopolita que caracteriza al café.
El local está organizado alrededor de dos barras con funciones diferentes. Una de ellas está destinada al sector de bar y sandwichería, donde también se comercializa café en grano y molido. Cuenta con algunos asientos altos y está acompañada por imágenes que refuerzan la identidad italiana del lugar.
Entre esas fotografías aparecen algunos de los escenarios más reconocibles de Roma: la Piazza Navona y su Fuente de los Cuatro Ríos, la monumental Fontana di Trevi y la famosa escalinata de Piazza di Spagna. Esta última conduce hacia Trinità dei Monti y evoca además la presencia del poeta John Keats, cuya historia también quedó ligada a ese rincón romano.
La segunda barra está dedicada específicamente al café. Allí, una máquina de espresso trabaja de manera constante mientras el mostrador exhibe medialunas de grasa y manteca, además de pequeñas manzanas que forman parte de la tradicional escena del lugar. En este sector el café suele disfrutarse de pie, como ocurre en muchos establecimientos italianos.
Hasta los elementos más pequeños conservan la identidad de la casa. Las tazas y las servilletas llevan impreso el nombre de Le Caravelle, reforzando esa estética clásica que se mantiene desde hace décadas.
El café también supo convertirse en punto de encuentro para artistas, escritores y habitués vinculados con el mundo cultural porteño. Entre quienes pasaron por sus mesas aparecen los pintores Guido Cinti y Dante Anteo Savi, el arquitecto y grabador Alfredo Bollón, la fotógrafa Silvia Troian y Guido Gazzoli. También frecuentaron el lugar los escritores Michele De Nichilo y Claudio Sáez, junto a numerosos amantes del café.
En una zona de Buenos Aires que cambió radicalmente con el paso del tiempo, Le Caravelle conserva una identidad particular. Su historia está hecha de cafés servidos detrás de una barra, medialunas, fotografías de Roma, relojes que miran hacia distintas ciudades y encuentros entre personas vinculadas al arte y la cultura.
Quizás allí radique parte de su encanto: entrar a Le Caravelle no sólo significa sentarse a tomar un café, sino encontrarse con una pequeña cápsula de aquella Buenos Aires de los años sesenta que todavía permanece viva en la calle Lavalle.
