En el universo de las series contemporáneas, el vestuario dejó de ser un detalle secundario para convertirse en un lenguaje narrativo en sí mismo. A través de prendas, colores y estilos, las producciones no solo construyen época y ambiente, sino que también definen a sus personajes y sus conflictos internos. Desde el rock de los años 70 hasta la opulencia de la alta sociedad decimonónica, la moda funciona como una herramienta clave para contar historias, marcar identidades y reforzar el tono de cada relato.
Daisy Jones & The Six:
Con una temporada de diez episodios, la serie revive el espíritu de los años 70 con flecos, denim y una impronta rockera marcada. Riley Keough, nieta de Elvis Presley, da vida a Daisy con un estilo que transmite independencia y rebeldía.
El diseño de vestuario, a cargo de Denise Wingate, se apoya en una investigación extensa de piezas vintage y referencias a figuras como Stevie Nicks, Joan Jett y Bianca Jagger. El resultado combina bohemia, rock y una estética libre, donde cada personaje define su identidad a través de lo que viste.
Emily in Paris:
Con París e Italia como telón de fondo, la serie convierte cada escena en una vidriera de estilo. Lily Collins interpreta a una joven profesional que utiliza la moda como forma de expresión personal.
El vestuario, liderado por Marylin Fitoussi desde la segunda temporada, apuesta por combinaciones llamativas, colores intensos y una estética que rompe con la sobriedad tradicional parisina. La propuesta mezcla lujo con elecciones audaces, construyendo una identidad visual marcada por el exceso y la creatividad.
Maxton Hall: The World Between Us:
En esta historia, el uniforme escolar británico sirve como base para desarrollar un código visual propio. La diseñadora Gabrielle Reumer transforma prendas clásicas como blazers, camisas y corbatas en elementos que reflejan pertenencia social.
Ruby Bell, interpretada por Harriet Herbig-Matten, adopta un estilo funcional y discreto, mientras que James Beaufort, encarnado por Damian Hardung, exhibe una elegancia sobria asociada al privilegio. Así, el vestuario funciona como herramienta narrativa para marcar diferencias de clase y aspiraciones.
The Gilded Age:
Ambientada en la Nueva York de fines del siglo XIX, la serie despliega una estética marcada por el lujo y la ostentación. Carrie Coon encabeza un elenco donde corsets, sedas y joyas reflejan tensiones de poder.
El trabajo de Kasia Walicka-Maimone se basa en referencias pictóricas y fotográficas de la época, logrando una reconstrucción detallada de la alta sociedad de la década de 1880, donde la indumentaria era un símbolo directo de estatus.
My Lady Jane:
Esta producción reinterpreta la Inglaterra isabelina con una mirada más libre. Emily Bader protagoniza una historia donde el vestuario mezcla elementos históricos con guiños contemporáneos. Corsets, bordados y detalles modernos conviven en una propuesta visual original.
La responsable del diseño, Stephanie Collie —con experiencia en Peaky Blinders—, construye una estética que combina fidelidad a la época Tudor con licencias creativas que aportan frescura y dinamismo.
En definitiva, estas series demuestran que la moda en pantalla va mucho más allá de la estética: es una extensión del guion y una forma de expresión tan poderosa como el diálogo o la acción. Cada vestuario cuenta una historia paralela, construye significado y ayuda a entender mejor a los personajes. En un contexto donde lo visual tiene cada vez más peso, el estilo se consolida como un elemento central en la narrativa audiovisual contemporánea.
