En los kioscos argentinos existen dulces que terminaron convirtiéndose en símbolos de la infancia. Entre ellos se encuentran unas pequeñas golosinas con forma de ave, reconocibles por su exterior de azúcar, su base de oblea y un relleno líquido que las hacía diferentes de cualquier otro producto de la época.
La historia de estas golosinas comenzó hace más de medio siglo en Alta Gracia, Córdoba. Allí, Hugo Pugliese y su esposa, Elisa Ramírez, comenzaron a producirlas de manera artesanal. Lo que inicialmente fue un emprendimiento familiar terminó creciendo hasta convertirse en una propuesta conocida mucho más allá de su lugar de origen.
Su elaboración tenía una particularidad que explicaba buena parte de su encanto. Una pequeña pieza de oblea, semejante a un recipiente, servía como soporte para la figura de azúcar endurecida y coloreada. Dentro de ella se encontraba el almíbar con sabor frutal, que podía disfrutarse de distintas maneras: algunos preferían beberlo directamente, mientras que otros prolongaban el momento y lo consumían poco a poco.
Con el crecimiento de la fábrica, la producción fue incorporando soluciones mecánicas diseñadas para aumentar el volumen de fabricación sin perder las características del producto. En su mejor etapa, la empresa llegó a elaborar alrededor de 50.000 unidades por jornada.
La distribución también fue una parte importante de aquella historia. Desde Córdoba, vehículos de gran tamaño especialmente adaptados para el transporte recorrían largas distancias con la mercadería. Así, las golosinas podían llegar a comercios de distintas provincias, extendiéndose progresivamente desde las regiones del norte hasta localidades ubicadas en la Patagonia.
Sin embargo, su importancia no se explica solamente por las cifras de producción o por su particular proceso de elaboración. Para quienes las conocieron durante la infancia, estas pequeñas figuras quedaron vinculadas a momentos cotidianos: la salida de la escuela, los recreos, las compras en el almacén o las tardes jugando en la vereda.
Por eso, volver a encontrarlas muchos años después puede despertar recuerdos que parecían olvidados. Su combinación de oblea, azúcar y almíbar representa una clase de golosina sencilla, pero capaz de permanecer durante décadas en la memoria de quienes alguna vez la disfrutaron.
