El pasado de las galletitas sueltas, un vuelco nostálgico a la historia del mercado

Hubo una época en la que comprar galletitas era una experiencia muy distinta a la actual. En los almacenes argentinos, muchas veces no se encontraban dentro de paquetes individuales, sino acomodadas en grandes recipientes de hojalata ubicados sobre el mostrador. Esas latas, algunas con una pequeña ventana circular de vidrio, terminaron convirtiéndose en una imagen característica de los antiguos comercios de barrio.

Abrir una de ellas era parte de la experiencia. La tapa metálica producía un sonido particular y, al descubrirse el contenido, aparecía una variedad de galletitas protegidas con papel. El aroma dulce de las masas recién expuestas se mezclaba con los perfumes del chocolate, la vainilla y otros ingredientes, haciendo que la elección fuera casi tan importante como la compra.

El cliente podía pedir una cantidad determinada y combinar diferentes variedades. En lugar de llevarse un paquete cerrado, podía solicitar un cuarto kilo o medio kilo y elegir qué tipos quería incluir. El almacenero colocaba las piezas en una bolsa, las llevaba hasta la balanza y completaba el peso solicitado.

Ese sistema tenía además un componente social. La compra permitía conversar con quien atendía el negocio, pedir recomendaciones o simplemente observar las diferentes opciones antes de decidir. En muchos hogares, esas galletitas terminaban acompañando la merienda, una taza de café o té, o aparecían sobre la mesa cuando llegaban visitas.

Entre las marcas que quedaron vinculadas con aquella tradición estuvo Canale, cuyos productos de variedades finas formaron parte de las compras habituales de muchas familias. El nombre impreso en las latas se asociaba con una época en la que los almacenes tenían una relación mucho más cercana con sus clientes y los productos se vendían de una manera diferente.

Con la llegada de los envases individuales y los cambios en los hábitos de consumo, aquella modalidad fue perdiendo presencia. Las grandes latas dejaron de ocupar el lugar central que habían tenido en los mostradores y la compra de galletitas pasó a ser mucho más rápida.

Sin embargo, el recuerdo permanece. Para quienes conocieron aquellos almacenes, pensar en esas latas significa recuperar sonidos, aromas y pequeñas escenas de la vida cotidiana: el papel que envolvía la mercadería, la balanza marcando el peso y la espera hasta que la bolsa estuviera lista.

Más que un simple recipiente, la lata de galletitas terminó representando una forma de comprar y de relacionarse con el comercio de barrio que hoy pertenece al pasado. Un tiempo en el que elegir cada pieza y llevar una variedad preparada especialmente para la familia formaba parte de los pequeños placeres de todos los días.

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