El Tropezón: El restaurante donde comía Carlos Gardel

Hablar de El Tropezón es hablar de una parte de la historia gastronómica de Buenos Aires. Sus orígenes se remontan a 1896, cuando Manuel Fernández, de Asturias, y Ramiro Castaño, de Galicia, dos inmigrantes llegados desde España, dieron vida a un establecimiento que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los restaurantes tradicionales más reconocidos de la ciudad.

Hasta el propio nombre guarda relación con la cocina de otros tiempos. La palabra “tropezón” hacía referencia a los pequeños ingredientes —como jamón, garbanzos, porotos y otras legumbres— que podían encontrarse dentro de sopas, caldos y preparaciones abundantes. El término remite así a una gastronomía sencilla, generosa y profundamente ligada a las costumbres familiares.

Entre los platos que mejor representan esa identidad aparece el puchero de gallina, una preparación que terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la casa. Su fama trascendió las paredes del restaurante y llegó incluso al mundo del tango, donde el establecimiento quedó asociado para siempre con aquella comida tradicional.

La historia de El Tropezón también está estrechamente vinculada con Carlos Gardel. El cantante era un visitante frecuente y tenía una mesa reservada especialmente para él: la número 48. Allí solía compartir largas conversaciones y comidas junto a su amigo, el reconocido jockey Irineo Leguisamo.

La relación entre Gardel y el restaurante quedó además registrada en la música. En 1929, el cantor grabó el tango ¡Fiao!, de Trongé y Merico, cuya letra menciona al tradicional establecimiento y sus famosos pucheros. Años después, Roberto Medina volvió a llevar el nombre del lugar a una canción con Pucherito de gallina, otra referencia que contribuyó a convertir a El Tropezón en parte del imaginario porteño.

Pero Gardel no fue la única personalidad que pasó por sus salones. A lo largo de su extensa trayectoria, el restaurante recibió a escritores, músicos, actores, dirigentes políticos y otras figuras destacadas. Entre los nombres asociados a sus mesas aparecen Federico García Lorca, Aníbal Troilo, Lola Membrives, Azucena Maizani, Ricardo Balbín, Alfredo Palacios, Libertad Lamarque e Hipólito Yrigoyen, entre muchas otras personalidades.

La historia, sin embargo, tuvo una larga pausa. El restaurante permaneció cerrado durante 34 años, hasta que en 2017 recuperó sus puertas y comenzó una nueva etapa, con la intención de conservar el espíritu que había construido durante décadas. En 2019, ese valor histórico recibió un reconocimiento institucional cuando El Tropezón fue declarado Sitio de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.

Actualmente, el restaurante conserva esa combinación entre gastronomía y tradición que lo distingue. Puede ser escenario de una merienda tranquila, una copa al finalizar la jornada, una comida después de una función teatral o una extensa sobremesa compartida. Más que un restaurante histórico, El Tropezón representa uno de esos lugares donde la memoria de Buenos Aires continúa formando parte de la experiencia cotidiana.

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