Recordando el Italpark, la joya de la diversion porteña

Durante buena parte del siglo XX, Buenos Aires tuvo un lugar que llegó a convertirse en sinónimo de diversión, el Italpark. Ubicado en una extensa superficie cercana a las avenidas del Libertador y Callao, el parque reunió durante décadas juegos mecánicos, atracciones y espacios de entretenimiento que convocaban a familias, adolescentes y grupos de amigos.

El proyecto comenzó en 1960 por iniciativa de los hermanos Luigi y Avelino Zanón, dos inmigrantes italianos que habían atravesado la pérdida de su anterior fábrica de juegos durante la Segunda Guerra Mundial. Su intención fue crear un nuevo espacio de entretenimiento en Buenos Aires después de la desaparición del antiguo Parque Japonés de Retiro.

Visitar el Italpark implicaba seguir un sistema muy diferente al de los parques actuales. Los visitantes compraban fichas en pequeñas boleterías y cada color correspondía a determinadas atracciones. Después había que hacer fila, entregar la ficha y esperar el turno para subir. Ese procedimiento formaba parte de la experiencia y quedó asociado a los recuerdos de quienes frecuentaron el lugar.

A lo largo de sus años de actividad, el parque llegó a reunir más de 35 atracciones, muchas de ellas provenientes del exterior. Para el público de la época, algunos de esos juegos representaban una tecnología llamativa y poco habitual en otros espacios de entretenimiento de la región.

Entre las atracciones más recordadas estuvo el Super 8 Volante, una montaña rusa que se convirtió en uno de los grandes clásicos del parque. También se incorporó el Matter Horn, llegado desde Italia en 1982, que utilizaba una plataforma giratoria y vehículos suspendidos para generar una experiencia especialmente intensa.

Otro juego muy popular fue el Samba, instalado en 1980. Su plataforma circular se movía al ritmo de la música mientras cambiaba de inclinación, obligando a los participantes a buscar la manera de mantener el equilibrio. A esto se sumaban propuestas tradicionales como el Tren Fantasma, el Laberinto del Terror y las pistas de autos chocadores.

Los Super Monza y los Indianápolis eran especialmente atractivos para quienes disfrutaban de competir al volante. Chocar contra otros vehículos, esquivar a los demás participantes y completar el recorrido formaba parte de una diversión sencilla que podía mantener entretenidos a chicos y adultos durante horas.

Durante las vacaciones de invierno y los fines de semana, la cantidad de visitantes aumentaba considerablemente. El movimiento constante, la música, las luces y el sonido de las máquinas creaban una atmósfera que convirtió al parque en uno de los puntos de encuentro más reconocibles de la ciudad.

Con el paso del tiempo, el Italpark dejó de funcionar, pero su recuerdo permaneció asociado a una Buenos Aires muy diferente. Para quienes tuvieron la oportunidad de visitarlo, pensar en aquel lugar significa volver a las filas, las fichas de colores, los juegos mecánicos y la expectativa de decidir cuál sería la próxima atracción.

El parque terminó convirtiéndose así en una de las grandes postales de la infancia y la juventud porteña de varias generaciones. Aunque sus instalaciones ya no estén allí, el nombre Italpark continúa evocando una época en la que una tarde de diversión podía parecer interminable.

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