Lucciano’s: La heladería que cambió las reglas y tiene su lugar en Coghlan

Durante décadas, las heladerías argentinas estuvieron asociadas a recetas familiares, negocios de barrio y una fuerte tradición artesanal. En ese escenario apareció, en 2011, una propuesta que buscó llevar el concepto de heladería hacia otro terreno. En Mar del Plata, Daniel y Christian Otero comenzaron un proyecto que inicialmente tenía una dimensión mucho más pequeña y que con el tiempo se transformaría en Lucciano’s.

La apuesta de padre e hijo no estuvo centrada únicamente en elaborar helado. Desde el comienzo buscaron combinar el oficio tradicional con nuevas técnicas, equipamiento y una identidad de marca diferente. Para desarrollar ese concepto viajaron a Italia, donde conocieron métodos de producción y trabajaron junto a especialistas del sector.

La materia prima pasó a ocupar un papel fundamental dentro de esa estrategia. La marca desarrolló una combinación de ingredientes argentinos con productos provenientes de distintos puntos de Europa, entre ellos chocolates y frutos secos utilizados en determinadas preparaciones. El objetivo era conseguir una textura y un perfil de sabor que funcionaran como sello propio.

Pero hubo un elemento que terminó convirtiéndose en una de las principales cartas de presentación de Lucciano’s: los Ice Pops. Estas paletas heladas, elaboradas con diseños inspirados en personajes y figuras reconocibles, rompieron con la presentación tradicional de los helados y transformaron el producto en un objeto especialmente pensado para ser fotografiado y compartido.

La imagen comenzó a adquirir tanta importancia como el producto. Los locales adoptaron una estética contemporánea y la marca construyó una comunicación dirigida a un público que buscaba algo más que comprar un cucurucho. El helado pasó a formar parte de una experiencia que incluía diseño, presentación y ambientación.

A partir de allí llegó la expansión. La empresa multiplicó sus establecimientos en Argentina y comenzó a mirar hacia otros mercados, llevando su propuesta a diferentes ciudades del exterior. Ese crecimiento convirtió a una iniciativa nacida en Mar del Plata en una marca con aspiraciones internacionales.

En Buenos Aires, esa expansión también se trasladó a barrios alejados de los tradicionales circuitos comerciales del centro. Uno de los ejemplos es el establecimiento ubicado en Washington 3480, en Coghlan, una zona residencial cercana a Belgrano y Villa Urquiza.

La particularidad de esta sede es que la experiencia no termina en el mostrador de helados. El espacio incorpora alternativas de cafetería, pastelería y gastronomía, ampliando el horario y las posibilidades de consumo. La idea es que el establecimiento pueda funcionar tanto para una visita rápida como para una merienda, un almuerzo o una pausa durante la jornada laboral.

La carta combina preparaciones conocidas con una propuesta más amplia. Entre las opciones aparecen clásicos de la gastronomía internacional, ensaladas, productos de pastelería y distintas alternativas para acompañar el café. El helado, naturalmente, continúa siendo el protagonista y funciona como el vínculo con la identidad original de la marca.

El caso de Lucciano’s muestra cómo cambió el negocio del helado en Argentina. Una categoría históricamente ligada a la tradición comenzó a incorporar herramientas de marketing, diseño, tecnología y experiencias gastronómicas. En ese proceso, la empresa marplatense encontró una manera particular de diferenciarse: conservar la elaboración artesanal como punto de partida, pero presentarla con códigos propios de una marca contemporánea.

En Coghlan, esa filosofía adopta una escala más barrial. Entre calles residenciales y comercios de cercanía, el local busca convertirse en un punto de encuentro donde el helado comparte protagonismo con el café y la gastronomía.

Así, aquella iniciativa familiar que comenzó en Mar del Plata hace más de una década terminó construyendo una identidad reconocible mucho más allá de su ciudad de origen. Lucciano’s no solo vende helados: desarrolló una manera particular de convertirlos en parte de una experiencia visual y gastronómica que continúa expandiéndose.

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