Hay negocios que forman parte de una ciudad casi como si fueran una esquina más. En la avenida Corrientes, donde las luces de los teatros, las librerías y los bares construyen uno de los paisajes más reconocibles de Buenos Aires, la Heladería Cadore ocupa un lugar particular. Su historia comenzó en 1957, pero sus raíces se remontan varias décadas atrás, en una pequeña localidad de los Alpes italianos.
La tradición familiar de los Olivotti nació en Cibiana di Cadore, en la región del Véneto. Allí, varias generaciones estuvieron vinculadas a la producción artesanal de helados, mucho antes de que el rubro adquiriera las dimensiones y la tecnología que tiene actualmente. La elaboración era un trabajo esencialmente manual y la conservación dependía de métodos rudimentarios, entre ellos el uso de hielo y sal.
Después de la Segunda Guerra Mundial, uno de los integrantes de la familia decidió cruzar el océano. Silvestre Olivotti llegó a la Argentina en 1947, cuando tenía 21 años. Como ocurrió con tantos inmigrantes europeos de aquella época, tuvo que comenzar una nueva vida lejos de su país de origen. Sin embargo, el conocimiento aprendido dentro de su familia terminaría convirtiéndose en la base de su futuro emprendimiento.
Diez años después de llegar al país, Olivotti abrió las puertas de Cadore en el número 1695 de la avenida Corrientes. La ubicación resultó estratégica: Corrientes ya era uno de los principales corredores culturales de Buenos Aires y su actividad nocturna atraía diariamente a vecinos, artistas, trabajadores y visitantes.
Con el paso de los años, la heladería fue construyendo su identidad alrededor de una idea sencilla: conservar la elaboración artesanal. En lugar de convertir la marca en una cadena de locales, la familia mantuvo la producción concentrada en su histórico establecimiento. De esta manera, la preparación del producto continúa estrechamente vinculada con el propio espacio donde se atiende al público.
La permanencia de una receta familiar, sin embargo, no impidió que Cadore adquiriera notoriedad fuera de Buenos Aires. Durante los últimos años, el establecimiento volvió a llamar la atención de publicaciones y rankings gastronómicos internacionales. Tripadvisor la distinguió con uno de sus reconocimientos Travelers’ Choice, mientras que TasteAtlas también la incluyó entre sus selecciones internacionales relacionadas con el helado.
El interés por Cadore no se explica solamente por su antigüedad. Parte de su atractivo está en una carta que conserva algunos de los sabores tradicionales que identifican a la heladería porteña. El dulce de leche ocupa un lugar destacado, acompañado por variantes como el dulce de leche granizado y el chocolate amargo. Al mismo tiempo, sabores como el pistacho fueron ganando espacio entre los gustos de los consumidores.
La heladería también continúa participando de iniciativas que reúnen a establecimientos artesanales de todo el país. En 2025 formó parte nuevamente de la Noche de las Heladerías, una jornada que cada año convoca a numerosos locales y pone en primer plano una de las tradiciones gastronómicas más populares de la Argentina.
Más de sesenta años después de su apertura, Cadore permanece en la misma dirección que la vio nacer en Buenos Aires. El local de Corrientes 1695 continúa recibiendo a quienes llegan por tradición, curiosidad o simplemente por el deseo de comer un buen helado después de una función de teatro.
En una avenida que se transforma constantemente, la permanencia de Cadore resulta casi una excepción. Cambiaron las modas, aparecieron nuevos sabores y evolucionaron las formas de consumir helado, pero el establecimiento conservó una parte esencial de su identidad: una historia familiar italiana, una elaboración artesanal y una dirección que ya forma parte de la memoria gastronómica de Buenos Aires.
Tal vez esa sea la verdadera particularidad de Cadore: no necesitar reinventarse por completo para seguir siendo vigente. Su historia está en el pasado, pero su lugar continúa estando en el presente de la ciudad.
